¿Cuántas noches habré pasado con mis manos extendidas hacia él, intentando desesperado apaciguar el vibrar de mi piel, el tintinear de mis dientes? Envuelto en gélidas estampidas, los cascos helados pisan mi rostro, solo, quizás mal acompañado por su arrogante resplandecer, el calor que ahora brinda me obliga a condonarlo de todos sus males. Un león de melena danzante que aguarda paciente dentro de su jaula, y en el primer descuido devora árboles, hombres, y ciudades enteras; hemos de alimentarlo para que de su calor nos cubra, pero el fuego es un animal salvaje, de esencia indomable y rencorosa, de él innumerables veces nos hemos burlado, innumerables veces lo hemos usado cual dócil siervo, aunque con el tiempo ha sabido vengarse.
Olvidamos, embriagados por el hervor de la sangre, que el fuego nos ha despojado de todo aquello que hemos moldeado a base de conocimiento, yaciendo en su interior retazos de culturas olvidadas o desconocidas ¿O acaso no fluyó goloso a través de los misteriosos pasillos de la biblioteca de Alejandría? Haciéndose de cada teoría, cada tratado, cada fragmento de historia antigua ¿O no transmutó en cenizas la gloriosa Roma y las imponentes siluetas de su arquitectura, en la época de Nerón? Le ha robado el conocimiento a cada longevo árbol, patriarcas de la historia de nuestro propio suelo, y se ha llevado consigo la vida de miles de humanos inocentes ante los ojos de quien erróneamente juzga el comportar del hombre frente a su reinado. Somos eternas víctimas del fuego, hipnotizados por sus chasquidos arrítmicos y su grácil serpenteo lo observamos alimentarse, engullir sin nunca saciarse, inmerso en la más profunda gula, con la esperanza de asir el calor residual que se digna a arrojarnos tras su festín barbárico. Somos nosotros, en realidad, súbditos de su imponente ser, de su constante amenaza. Somos rehenes del miedo, pero aún así prisioneros acérrimos de la curiosidad, de este modo empujados por esa fuerza invisible hacemos frente a su régimen dictatorial, nos revelamos ante su dorada corona, custodiada por diminutas estrellas fugaces. Que revolución absurda, el fuego juega con nuestras mentes ignorantes, se ríe de nuestro pobre intento, ya que insignificante es el esfuerzo que necesita para destruirnos, para distorsionar nuestra piel y desfigurar nuestros recuerdos, devolviendo al primer plano su superioridad, recordándonos a quien pertenece el reino de la tierra.
Se mantendrán entonces intactos nuestros cuerpos y nuestras creaciones, siempre y cuando reciba el rey fuego el tributo correspondiente, su pago por la indulgencia, su impuesto por el derecho a la vida.
Como si ya no me gustara el fuego, ma doy motivos para que me guste más aún.
By the way, you didn't think I was going to abandon you, did you?