Aún así odio el día de la primavera, no me fue fácil entender el por qué en un principio, pero bastó con buscar en mis recuerdos, o mejor dicho, en mi falta de recuerdos de esta festividad, para comprender lo que pasaba. Por algún motivo u otro nunca pase un día de la primavera como el resto de los chicos de mi edad, nunca me amontoné en plaza Francia entre los millares de grupos de amigos a compartir la primera tarde de tan encantadora estación, nunca experimenté este día como el común de los jóvenes lo hacen. No es la sensación de estar perdiéndome de algo la que me perturba, si no la de no haber podido elegir vivirlo, mientras el afuera se volvía mas acogedor y llamativo, el adentro era mi prisión de argumentos impenetrables, firmes barrotes y obligaciones sin sentido. Entiendo que el rencor se encarga de encadenarnos al pasado, mientras las estaciones continúan su curso y el tiempo su impasible andar, y que solo el perdón podrá terminar con las punzadas que siento en mi pecho. Durante los últimos siete años no hubo más que invierno en mi cuerpo, duras noches de invierno, sin orquídeas florecidas o un sol que se asomara desde un horizonte inalcanzable. Siempre estuve perdido en aquella realidad oscura, sin saber a donde ir, pero después de tantos años tengo finalmente la oportunidad de que las estaciones vuelvan a su curso, depende de mi salir adelante.
Por una hermosa primavera en mi, de una vez por todas.
