21.9.11

Primavera Cero

No es culpa de la primavera misma, si bien mi afinidad con el invierno es infinitamente mayor, me agrada el rotamiento cíclico de las estaciones y como todo pareciera cambiar junto con ellas. Resulta como abrirse paso entre realidades inconexas, que vuelven a la vida justo cuando uno comienza a olvidarse de ellas. Todo parece más relajado en primavera, el clima mismo pareciera invitarnos, mientras los cálidos rayos del sol caldean nuestros cuerpos resentidos por el frío del invierno, a detenernos, a mirar las maravillas de la primavera, el renacer de las flores, el nítido color del cielo; la gente comienza a realentar el paso conforme el afuera deja de ser hostil, lúgubre, y de a poco transmite esa sensación hogareña, segura, alegre.
Aún así odio el día de la primavera, no me fue fácil entender el por qué en un principio, pero bastó con buscar en mis recuerdos, o mejor dicho, en mi falta de recuerdos de esta festividad, para comprender lo que pasaba. Por algún motivo u otro nunca pase un día de la primavera como el resto de los chicos de mi edad, nunca me amontoné en plaza Francia entre los millares de grupos de amigos a compartir la primera tarde de tan encantadora estación, nunca experimenté este día como el común de los jóvenes lo hacen. No es la sensación de estar perdiéndome de algo la que me perturba, si no la de no haber podido elegir vivirlo, mientras el afuera se volvía mas acogedor y llamativo, el adentro era mi prisión de argumentos impenetrables, firmes barrotes y obligaciones sin sentido. Entiendo que el rencor se encarga de encadenarnos al pasado, mientras las estaciones continúan su curso y el tiempo su impasible andar, y que solo el perdón podrá terminar con las punzadas que siento en mi pecho. Durante los últimos siete años no hubo más que invierno en mi cuerpo, duras noches de invierno, sin orquídeas florecidas o un sol que se asomara desde un horizonte inalcanzable. Siempre estuve perdido en aquella realidad oscura, sin saber a donde ir, pero después de tantos años tengo finalmente la oportunidad de que las estaciones vuelvan a su curso, depende de mi salir adelante.


Por una hermosa primavera en mi, de una vez por todas.


20.7.11

Creer o reventar

No me considero una persona hipocondríaca, todo lo contrario, si es que tiene sentido expresarlo de ese modo. Debo admitir, sin embargo, que sí me aterran un poco las enfermedades de tipo psíquicas, especialmente aquellas que juegan con nuestra mente y nos muestran realidades que nadie más reconoce verdaderas. Últimamente debemos lidiar con gente en este estado casi todos los días, y sería mentir si no confieso el miedo que siento al analizar la posibilidad de que esta desconocida patología se instale en mi cabeza. A veces uno hasta termina dudando de sí mismo ¿Será tal vez que la realidad es la que ellos ven, y soy yo el que delira? No parece lógico, y aún así no logro entenderlo, ya no son uno o dos los que alucinan, es la mitad de un pueblo. De todas formas, y a pesar del clamor popular, aún confío en lo que veo, y la realidad, por lo menos mi realidad, sigue siendo mía y no aquella de la que quieren convencerme.
Que sorprendente resulta escucharlos hablar a viva voz, tratando de construir razonamientos lógicos sobre bases que ya de por si resultan falaces, tan seguros de si mismos ¿Y por qué no habrían de estarlo? Si esa es la realidad que ven, sumidos en lo mas voraz de esta cruel enfermedad, y entre si secundan su locura y avalan lo que sus ojos idealistas son moldeados para ver. Nada podemos hacer al respecto, es inútil intentar hacerlos entrar en razón, todo guiño hacia la realidad será rotundamente negado y hasta satirizado, de modo que seamos nosotros los desquiciados.
La amenaza siempre acecha, y tal vez será a nosotros que nos toque despertar mañana con botones cosidos donde antes estaban nuestros ojos, incapaces de recapacitar respecto a lo que antes resultaba tan nítido ¿Cómo no temer a esta posibilidad? Cuando por más fiel que sea uno a sus convicciones, la locura resulta irreversible en nosotros, como resultaba en aquellos a quienes quisimos hacer entrar en razón, tan viral que controla despóticamente nuestra mente, como controla todo el territorio desde el sillón de Rivadavia.

31.5.11

Venom.

Ya no puedo vivir así, este tinte negro que cubre las paredes y de a poco se adhiere a mis huesos, hasta que no queda nada de mi, solo una risa que percute un alma desolada; por fin mi cuerpo es cárcel de sentimientos que parecen ajenos, pero que en realidad son propios, y yo no soy yo, si no un extraño, un monstruo cobarde que no logra enfrentar sus propios miedos, y descansa solo entre las sombras, donde su cuerpo se funde con las oscuridad, y nadie puede juzgarlo, nadie puede amarlo, nadie puede preguntar porque llora lagrimas de fuego. Es tan fácil estar solo, tan sencillo renegar el dolor punzante, mientras la herida cada vez es más profunda, son más los puntos, y es mayor el abismo; la sangre brota del cuerpo, grita en color carmesí que el dolor es eterno en aquel encierro deliberadamente impuesto. Ya no quiero volver donde el olvido es más corriente que el recuerdo, donde tu rostro en acuarela es víctima de la feroz tormenta, y de a poco se desdibuja, hasta quedar tan solo manchones de pintura al agua que desesperadamente intento reconstruir a tu imagen y semejanza, pero ya no te recuerdo, el fracaso es inminente, la tormenta se vuelve llanto, y el llanto atormenta.
Mis ojos son la oscuridad, mi carne el dolor incandescente, la comodidad es basta donde nadie observa, ya en mis huesos me azotan, una y otra vez, furiosas migrañas. Quien soy yo si no mi propia cárcel, sus miedos, sus deseos y sus frustraciones, quien soy yo si no todos ustedes, quienes son ustedes si no yo, mis inseguridades, reproches y falencias; es quizás mi culpa este dolor que brota desde mi cansado pecho, este rincón oscuro. Soy yo un error, sos vos un fracaso; lo sabremos el día que comprendamos que yo fracasé y vos te equivocaste.


Digamos que Hegel y yo coincidimos en unas cuantas cosas.